En el artículo anterior (Invasión y victoria) dedicado a
las especies exóticas invasoras comenté que iba a dedicarle por su importancia
un lugar destacado y preponderante al siluro (Silurus glanis). Y es que cuando uno lee en la prensa que capturan
en Extremadura el siluro más grande registrado en España (2.95 metros de
longitud y 180 kilogramos de peso) empieza a preocuparse verdaderamente. En
primer lugar porque uno escucha hablar del siluro y piensa casi de inmediato en
su presencia en el río Ebro y Aragón, leer que aparece en la vecina región
extremeña transforma la sorpresa inicial en temor. Un sentimiento de recelo por
el hecho de que se está expandiendo y otro de aprensión por la cercanía a
nuestra tierra y a nuestros entornos y en cadena como las piezas de un dominó,
a nuestros espacios naturales (sean protegidos o no).
Cuando encima profundizo en la noticia y compruebo que
la captura se llevó a cabo en el embalse de García de Sola (término municipal
de Talarrubias en Badajoz) me viene a la mente el intercambio de pareceres que
mantuvimos el creador de este blog y uno mismo con unos aficionados a la pesca
deportiva con los que coincidimos en 2003 en un camping de la mencionada
localidad pacense mientras nos encontrábamos en un campamento de anillamiento
de aves y en los que defendimos la postura de la erradicación del siluro de
nuestros cursos de agua por la multitud de peligros que supone su existencia en
los mismos, aspecto que no les pareció hacerle mucha gracia a nuestros vecinos
de estancia (sabotaje incluido de nuestra tienda de campaña en su huida sin
nuestra presencia delante). De eso hace prácticamente 18 años y ya entonces oír
nombrar al siluro era una mascletá
para las conciencias sostenibles que conocen el curriculum de esta especie alóctona de nuestros ríos que como dicen
por ahí, vino para quedarse. Así de triste.
Y es que el siluro, o tiburón de río, es una especie
exótica invasora de más de 2 metros de longitud y más de 100 kilos de media que
fue soltado adrede en mitad de la década de los 70 por dos turistas alemanes
aficionados a la pesca deportiva en un embalse del río Ebro denominado
Mequinenza (Aragón). Desde ese momento, el siluro invade, devora y amenaza a
todo y todos a pesar de que su origen se encuentra en los grandes ríos del
centro de Europa pero se ha ido extendiendo como consecuencia de la suelta
ilegal que ha ido poblando ya demasiados rincones en los que no se esperaba la
presencia de este gran depredador, de quien conocemos poblaciones introducidas en
Croacia, Dinamarca, España, Italia, Reino Unido o Kazajistán.
Porque eso es lo que es el siluro: un voraz depredador
al que le acompaña una sorprendente longevidad (mínimo 20 años) y una inusitada
importancia que va en aumento por el incremento de su interés deportivo y
porque los ejemplares capturados se suelen retornar al agua (aunque los siluros y
otros ejemplares de especies exóticas invasoras deberían ser sacrificados, no
pudiendo ser devueltos a las aguas)
Conocer la
biología del siluro es comprobar que su peligrosidad reside en su
comportamiento camaleónico en muchas circunstancias ecológicas adversas. Se
trata de un pez sedentario que prefiere zonas profundas de fondo blando, con
aguas tranquilas y turbias, por lo que se encuentra principalmente en los
tramos bajos y profundos de los ríos y embalses, permaneciendo en los meses de
bajas temperaturas en zonas profundas y escondidas, invernando. Soporta aguas
ligeramente salobres, por lo que se puede adentrar en las desembocaduras de los
ríos abarcando un amplio espectro de localizaciones. No tiene grandes
requerimientos de oxígeno, lo que le hace relativamente tolerante a la
contaminación, aspecto que lo puede convertir en habitual en nuestro país dado
la mala calidad que presentan los cursos fluviales nacionales. Además, presenta
un comportamiento gregario (los individuos
de un grupo determinado pueden actuar juntos sin una dirección planificada)
frente al individualismo característico de otras especies animales.
Es una especie
con una alimentación oportunista, predador muy voraz y agresivo, modificando su
régimen alimentario a lo largo de su crecimiento. En sus primeras etapas, la
dieta es plancton; durante la etapa juvenil consume principalmente
invertebrados y en la fase adulta se alimenta de noche y en el crepúsculo,
subiendo a la superficie para cazar, principalmente peces, pudiendo capturar
también anfibios e incluso roedores y aves acuáticas de forma ocasional. Debido
a esa voracidad es el máximo responsable de la extinción del barbo (Barbus barbus), un pez autóctono comestible
que se podía pescar en la mayoría de los ríos españoles y que cuyo futuro
pueden compartir otros peces otrora típicos de nuestros ríos como la boga (Pseudochondrostoma polylepis),
la colmilleja (Cobitis paludica) o el
salinete (Aphanius
baeticus).
Porque el
tiburón de río a pesar de su gran pesaje es un pez poco apetecible por su
aspecto viscoso, más cercano al de un monstruo prehistórico que al de un
suculento pescado. De hecho no es comestible en nuestro país aunque su captura
ilegal ha generado la existencia de una mafia que exporta en condiciones insalubres
siluros para consumo humano al este de Europa (fundamentalmente Rumanía) y que
se hizo eco en un reportaje de “Equipo de investigación”. Y es que algunas
localidades aragonesas como Caspe o Mequinenza viven del siluro y su economía
local se fundamenta en todo lo relacionado con la pesca deportiva de este
gigante de los embalses que es más conocido por todo lo que arrasa en su
devenir diario.
De hecho en la
web del Ayuntamiento de Mequinenza puede comprobarse como se alude a la
importancia de la pesca del siluro en sus aguas (Mequinenza está situada
entre las confluencias de los ríos Segre y Ebro y en los pantanos de Mequinenza
y Ribaroja) para refrendar la importancia de la localidad, a la que se
le considera un referente mundial en dicho deporte (utilizado como sostén y
pilar fundamentales de su economía basada en el turismo asociado al fenómeno
creciente e incipiente de la pesca deportiva).
Pero la
realidad más allá de los ingresos económicos es otra bien distinta desde un
punto de vista medioambiental o conservacionista. Lo que podríamos denominar
las dos caras del siluro. Algunos lo ven como un motor económico, otros lo
vemos como un invasor destructivo que obsequia al hábitat colonizado con los
impactos y amenazas siguientes:
Sobre el
hábitat:
- Gran impacto sobre los
ecosistemas acuáticos, al alterar fuertemente la estructura trófica de las
comunidades, debido a su carácter depredador (engulle todo lo que se pone a su
alcance).
- Efecto negativo colateral en
los ecosistemas acuáticos peninsulares, al haber provocado la suelta
indiscriminada de otras especies exóticas como alimento para esta especie
Sobre las
especies autóctonas:
- Alta depredación sobre especies
autóctonas, dada su voracidad, principalmente de macroinvertebrados y otros peces
(aunque en su dieta actual es más amplia e incluye aves y anfibios)
Sobre los
recursos económicos asociados al uso del patrimonio natural:
- Efecto sobre el recurso
económico de la pesca deportiva de especies autóctonas en España.
Sobre la
salud humana:
- No se tiene constancia de impacto
sobre la salud humana, aunque en el embalse de Flix (río Ebro) se han detectado
niveles de PCB de tipo dioxina (recordar que las dioxinas tienen elevada
toxicidad y pueden provocar problemas de reproducción y desarrollo, afectar el
sistema inmunitario, interferir con hormonas y, de ese modo, causar cáncer),
mayores en los siluros que en otras especies de peces. De todas formas, el
siluro no es apto para el consumo humano.
- Hay registros de ataques a
pescadores.
Un panorama
preocupante y desolador que no acaba ahí. Ojalá. Ahora inquieta su expansión y
los posibles efectos de los nuevos hábitats conquistados. Porque el Grupo de Trabajo
en materia de Agua del Consejo de Participación del Espacio Natural Doñana ha
confirmado la captura de un ejemplar de siluro de casi dos metros y cerca de
100 kilos de peso aguas abajo de la presa de Alcalá del Río (Sevilla). También
fueron confirmadas capturas anteriores tanto en el embalse de Iznájar (Córdoba)
como en el pantano del Gergal (Sevilla) en la cuenca del Rivera del Huelva, muy
cerca del pantano de Aracena y Zufre.
El siluro
ronda Huelva, aterrorizándola y desea establecerse en Doñana y ello supone para
el Espacio Natural Protegido más emblemático de España (y de los más
importantes – si no el que más- de
Europa) un nuevo problema que se suma a los que ya se ciernen sobre él (escasez
de agua, sobreexplotación de acuíferos, agricultura intensiva, turismo de
masas...). Por eso, su turbadora aparición debe suponer un desafío al que hay
que poner freno lo antes posible. Así, los representantes de las entidades
integrantes del Grupo de Trabajo, incluida la Estación Biológica de Doñana,
decidieron elevar al Pleno del Consejo de Doñana la petición de que la
Administración Ambiental desarrolle de forma inmediata medidas de erradicación
y control de la especie.
Dados los
antecedentes de esta especie exótica invasora y su efecto “Caballo de Atila” allá por donde se establece, es de recibo
recordar e insistir que debido a su potencial colonizador y constituir una
amenaza grave para las especies autóctonas, los hábitats o los ecosistemas, en
España la especie está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas
Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, de 2 de agosto, estando
prohibido y constituyendo por tanto un grave delito su introducción en el medio
natural, posesión, transporte, tráfico y comercio.
Su presencia en las
proximidades del entorno de las marismas del Guadalquivir y por tanto, de
Doñana, es especialmente preocupante e inquietante por habitar en este archiconocido
humedal las últimas (escasas) poblaciones de cercetas pardillas (Marmaronetta
angustirostris), malvasías cabeciblancas (Oxyura leucocephala), porrones pardos (Aythya nyroca)
o fochas cornudas (Fulica cristata); todas ellas aves en situación de peligro de extinción; las
cuales podrían convertirse en parte de la intensa dieta del siluro.
Pero
no es únicamente la presencia del siluro lo verdaderamente alarmante, si no los
efectos colaterales que su aparición conlleva. De esta forma, la introducción del tiburón de río en embalses y
ríos lleva asociada la suelta de otros peces invasores que le sirven de
alimento, como alburnos (Alburnus alburnus) o percasoles (Lepomis gibbosus), lo que multiplica el impacto negativo sobre el ecosistema y su
equilibrio, informan desde el proyecto Life
Invasaqua, coordinado por la Universidad de Murcia y en el que
participa, entre otros, la Agencia Efe.
Estas
especies contribuyen asimismo a la entrada de patógenos
no nativos de los que son portadores y causan un impacto
socioeconómico, pues predan sobre especies autóctonas de interés para la pesca.
La
única medida preventiva que sirve para evitar su propagación a otras masas de
agua es que la Administración ponga en marcha medidas de control drásticas, rápidas
y eficaces que pasan por evitar el acceso y pesca deportiva incluso si se trata
de zonas de competición, debido a que sólo aislando los ejemplares para actuar
de forma selectiva, se puede frenar su colonización y la amenaza que supone
para el resto de todas las especies pescables propias de las aguas dulces
andaluzas.
Es
vital preservar de la colonización por estas especies invasoras los últimos
tramos del río Guadalquivir, ya que constituye un área única no sólo desde el
punto de vista biológico y ecológico, sino también y de forma importante,
económico.
Entre
las medidas que se proponen para contrarrestar el flujo evolutivo de la
presencia expansiva del siluro por el territorio nacional podemos encontrar las
siguientes:
-
Concienciación, mediante campañas de sensibilización para evitar la
translocación de ejemplares.
-
Cumplimiento de la normativa sobre especies exóticas invasoras y de pesca.
-
Control intensivo para evitar la translocación de ejemplares.
-
Favorecer la pesca sin retorno para colaborar con su control.
-
Realizar diseño de medidas efectivas de eliminación.
-
Implicar a los pescadores en el monitoreo y la erradicación de la especie.
-
Vigilar la limpieza de aperos y material de pesca, por parte de los pescadores,
para evitar las posibles translocaciones de huevos o alevines.
Se
nos viene encima un problema cuya expansión puede alcanzar cotas descomunales y
tremendamente perjudiciales para la biodiversidad de nuestros ríos y embalses.
Y es que la realidad del siluro o la propia leyenda, rodeada de historias descabelladas
– como la que asegura que devoró un fox terrier en el río Tiétar- con la que
convive lo convierte en una especie cuya captura se convierte en el objetivo de
miles de pescadores (que proceden de cualquier punto de España y Europa) que
han convertido el entorno, fundamentalmente el arraigado junto al río Ebro, en
un referente turístico a nivel mundial para la práctica de este deporte.
Entiendo
y comprendo que mi punto de vista acerca de esta problemática no sea del gusto ni
del agrado de muchos, únicamente me limito a exponer desde un encuadre
ecológico y medioambiental (que es el que personalmente me interesa dar a
conocer) el contexto relacionado con la presencia en nuestras aguas
continentales del siluro – conocido también como monstruo de río, término que precisamente
no ha sido acuñado por mi persona – desde la perspectiva que mi condición de
amante de la naturaleza y la biodiversidad, así como de mi propia formación
académica (uno no estudió la Licenciatura de Ciencias Ambientales por complacencia
u obligación), me otorgan haciéndome reflexionar libre y profundamente sobre el
tema. Nunca llueve a gusto de todos pero exponiendo este alegato desde mi más humilde
opinión al respecto del hilo conductor que promueve este artículo, me he
sentido como pez en el agua…
JUAN LUIS MARTÍN GARCÍA