
Hola amigos y amigas del blog del Proyecto "INNATO". Esta semana os traemos la reflexión mensual de Juan Luis Martín García. En esta ocasión nos hace pensar sobre la relación que hay entre la conservación de la biodiversidad y los productos qué consumimos. Él se centra y nos trae el ejemplo de la industria peletera, la fabricación de prendas con pieles de animales, nosotros vamos a permitirnos la licencia de que el lector o lectora de estas líneas extrapole el ejemplo a otros elementos más cotidianos, como la leche, los huevos o la carne que consumimos. Esperamos lograr nuestro objetivo que no es otro que proponer una reflexión y motivar un cambio de hábitos hacia la sostenibilidad biológica.
"En algún excelente artículo expuesto en el blog, me refiero concretamente al de mi compañero y amigo Eduard Cuadrado, se hace mención a que el conservacionismo no debería centrarse en todo aquello relacionado con lo que conocemos como especies bandera. Evidentemente está en lo cierto pues hay que ir mucho más lejos y profundizar en infinitud de aspectos de índole medioambiental interconectados pero no resulta menos llamativo que precisamente sea ese carácter atrayente de especies carismáticas o emblemáticas seriamente amenazadas (pongamos el caso del lince ibérico para no irnos muy lejos de nuestras latitudes) el que puede provocar esa punzada en nuestra obsoleta conciencia para activar la chispa de la cordura y que provoque el encendido de nuestra innata sostenibilidad (como postuló René Descartes y para homenajear a este bendito blog). De hecho, deberíamos preguntarnos cómo nos sentiríamos si precisamente nuestro felino de Doñana desapareciera de la faz de la Tierra.
Sirva este preámbulo para introducir la temática sobre la que va a versar esta nueva reflexión: la pérdida de diversidad biológica (insisto, si la asociamos a una especie bandera es más acusada), la cual se va a procurar conectar con el mundo de la moda cuya industria es una de las más contaminantes y destructoras del mundo.
Empecemos como es obvio por el principio. Para comenzar, una idea demoledora para afrontar la magnitud del problema que pretendemos tratar: “La pérdida de diversidad biológica conduce a la extinción de especies”. No es fácil de digerir pero es la cruda realidad. No sería la primera vez que la mano del hombre finiquite la existencia de una especie animal de manera directa o indirecta, bucardo, dodo de la isla Mauricio, delfín del río Yantsé…. Existen multitud de casos conocidos a lo largo de la historia medioambiental del planeta que se incluiría en una lista inacabable y por desgracia, abierta a nuevas incorporaciones. Lo que si resulta crucial es conocer de primera mano las causas reales que la provocan y analizar el caso concreto a exponer. Allá por el año 1995 Richard B. Primack, biólogo estadounidense, lanzó su teoría de que la extinción de las especies se concentraba en la existencia de alguna de las siguientes causas principales que paso a enumerar:
- Destrucción de hábitats
- Fragmentación de hábitats
- Degradación de hábitats
- Contaminación
- Sobreexplotación
- Introducción de especies invasoras y alóctonas
- Enfermedades.
Sería un lujo para mis pretensiones que desde este blog abierto a cualquier colaboración, se me permitiera de manera dilatada en el tiempo poder recapacitar sobre cada una de ellas. Y lo que me resultaría de mayor agrado, que cualquier persona fuera partícipe a exponernos su particular visión de alguna de las causas de las mismas. Lanzado el órdago, permítanme comenzar a desgranar una de ellas y relacionarla con un fenómeno tan común en nuestras vidas como la moda y más concretamente con la industria peletera. Es el momento de hablar de la sobreexplotación de especies.
Desde tiempos ancestrales de la Prehistoria humana, nuestra especie se ha servido de las pieles, plumas o subproductos para combatir las bajas temperaturas y que las mismas sirvieran de abrigo a nuestros primitivos congéneres en su continuada evolución. Se trataba de un acontecimiento que rozaba la sostenibilidad pues se aniquilaban determinadas especies por necesidad (no por el vicio desmedido que impone nuestro sistema económico y la propia depravación de la sociedad en la que estamos inmersos), de un modo indirectamente controlado y que no se ligaba exclusivamente a satisfacer una única suerte: un mismo animal caído del que se podía aprovechar su pelaje abastecía también de alimento y servía de utilidad para otros menesteres a nuestros ancestros. Además la caza se restringía a una época concreta del año que servía de sustento y abastecimiento futuros y se focalizaba en los especímenes con más probabilidad de ser vulnerables y más fácilmente apresados. No se cazaba por inercia, interés o menoscabo.
Pero igual que la especie humana evolucionó (no sabemos si para mejor) también lo hicieron sus inquietudes y su abandono por el raciocinio (en este caso y sin discusión alguna para peor) y actualmente puede estimarse que la industria peletera sacrifica 20 millones de animales salvajes (o lo que es lo mismo en libertad) cazados en trampas (provocando que la progresiva disminución en el número de ejemplares se acerque al precipicio de la inminente desaparición y ocaso como especie) y 40 millones de animales criados en granjas destinadas a tal fin y en donde el trato y el bienestar ofrecidos es, por decirlo de algún modo sincero, terriblemente cruel (aludiendo al éxito musical de Leiva en su disco Pólvora). Una sobreexplotación en toda regla. Porque somos testigos de la utilización de manera abusiva o que excede a lo necesario o recomendable de un recurso natural en forma de animal perseguido por su preciada piel. O lo que es lo mismo, hemos cumplido a rajatabla con la definición con la que los más versados en nuestra lengua exponen dicho concepto.
Son muchas las organizaciones que se han hecho eco de las traumáticas situaciones que pueden experimentar los animales en las paupérrimas condiciones en las que se puede llegar a convivir (o más concretamente malvivir) en las granjas peleteras.

Hemos asistido como especie hace poco (y me temo que no vamos a tardar mucho en repetir) cómo un escenario de confinamiento puede llegar a alterar y afectar de manera seria los hábitos, costumbres, rutinas y la psique del ser humano. Pues imaginemos por un momento lo que puede experimentar en granjas peleteras una determinada concentración de animales reducidos a la superficie de una jaula metálica. Esa patente limitación de espacio (y privación de la libertad) conlleva un estrés (¡no sólo lo sufren las personas!) que acarrea comportamientos hostiles en forma de automutilación y canibalismo, conductas impropias en un contexto de liberación en su hábitat característico y natural donde pueden realizar destrezas afines a su instinto.

Estas condiciones de vida (por denominarlo de alguna forma pues en muchos casos encontramos animales famélicos y enfermos) fomentan el hacinamiento animal al más puro estilo de campo de exterminio de mediados del siglo XX, incluyendo cámaras de gas para su exterminio. No se trata de un método estrictamente necesario pues existen diversas y variadas alternativas para el objetivo final: la electrocución, desnucarlos o dejarlos morir si se encuentran heridos y no se pone en riesgo la calidad de la piel. Mencionar al respecto que siempre que se respete la finalidad y se obtenga un producto de categoría, el recurso de atención veterinaria es perfectamente prescindible en este tipo de granjas. Y todo ello a pesar de que es un fenómeno común que ejemplares que han sufrido la pérdida de algún miembro compartan el reducido espacio con otros que sufren importantes mutilaciones o imperfecciones en el rostro o en el cuerpo y al final, acaban jugando con los miembros seccionados o durmiendo encima al abrigo (vaya casualidad) del animal que lentamente ha muerto y sirve de lecho a los demás que presencian la suerte o destino de sus compañeros. Una vez se le desprende de la piel, los restos de los cuerpos de los animales despellejados son vendidos a la industria cárnica de elaboración de alimentos para perros y gatos e incluso para la fabricación de abonos.
Un holocausto animal devastador. Un ecoterrorismo en toda su extensión. Un zoocidio anual que elige de manera minuciosa a sus víctimas preferidas. Porque también hay un ranking de especies animales cotizadas por las características especiales y óptimas de sus pieles para la peletería:
El zorro azul (Vulpes lagopus). Más conocido como zorro ártico. De pelaje blanco inmaculado durante el crudo invierno de Canadá o Siberia, un 10% de su población durante dicho periodo presenta el extremo con pelos oscuros dando así una apariencia más oscura y azulada. Su destino perverso va unido a que su pelaje está adaptado a condiciones extremas de frío (hasta -40ºC) que lo hace poseer, como era de esperar, muy buena calidad y densidad para prendas de abrigo.
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El (Neovison vison) es sin duda la especie más reconocida en peletería. El continente europeo produce el 70% de la piel mundial de este mustélido apreciado por su densa y ligera piel y por una amplia gama de colores naturales desde tonalidades blancas al negro.
La piel de la chinchilla (Chinchilla lanigera) se caracteriza por pesar poco y presentar una densidad de pelaje importante, de tacto suave y sedosa que han afamado su acoso. Su población siempre ha sido muy reducida, lo que unido a una degenerada persecución en forma de caza sin control entrega a la especie al abismo de su eclipse.

La mancha característica en la garganta de la marta rusa (Martes zibellina) es brillante y poco aparente pero su pelaje es más largo, delgado y sedoso que el del visón, lo que le hace ser muy apreciado por su calidad, suavidad y exuberancia. La rareza de ejemplares alejados del color salvaje principal de su piel se están revalorizando en el mercado, en especial las albinas y canosas, aunque su cría en cautividad es bastante difícil, lo que hace que la población en libertad esté sufriendo un importante retroceso.

Llama la atención que detrás de la fabricación de un abrigo de piel se esconden cifras absolutamente escandalosas e inmorales: 300 chinchillas, 60 visones o martas y 20 zorros. No creo que cuando la cantante malagueña Vanesa Martín, por cierto una de mis debilidades musicales, lanzara en 2012 su álbum de estudio Cuestión de piel se estuviera refiriendo a la materia sobre la que ha versado este artículo pero el objetivo que me he planteado al compartir este mensaje es que cuando observemos prendas con cuellos, puños y envolturas de piel, estolas, chaquetas y abrigos de cuerpo entero pensemos, aunque únicamente sea por un instante, en el sufrimiento y padecimiento que han soportado diferentes ejemplares de las especies que hemos expuesto y otras muchas a las que, a pesar de no haber nombrado, tenemos en la conciencia y tener presente que con la compra de esos atavíos somos cómplices de la posible decadencia de las mismas. Y extinción es una palabra que, desgraciadamente, no tiene marcha atrás. De allí no se regresa nunca jamás."
JUAN LUIS MARTÍN GARCÍA
Para completar la información.
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