"Hablar de minería es hacerlo de una de las actividades fundamentales en el avance de la Humanidad. Dominar esta labor supuso un antes y un después en la historia de la evolución del ser humano y es innegable la marcada importancia que ha mantenido con el desarrollo de la sociedad, aspecto que se ha mantenido hasta nuestros días y que en algunos casos como la provincia de Huelva, va de la mano de su otrora esplendor económico, su posterior declive y retroceso hasta alcanzar el actual repunte significativo.
La explotación de los yacimientos minerales de la Faja Pirítica onubense a partir de la segunda mitad del siglo XIX por compañías fundamentalmente británicas en Riotinto y francesas en Tharsis (en menor medida de importancia o difusión mediática) colocaron a Huelva en el epicentro del progreso en diversos factores ligados al propio avance económico como el social, el de las comunicaciones e infraestructuras, el deportivo e incluso el del ocio y esparcimiento.
El legado es incuestionable y deberíamos estar orgullosos de lo mucho y bueno que nuestro patrimonio provincial le debe a dicho periodo de desarrollo industrial. Construcciones ligadas al ferrocarril minero y que terminaban en los muelles cargaderos sobre el Tinto y el Odiel en la ría de Huelva. El primero de ellos inicio de un importante proyecto paisajístico que sirve de nexo de unión de la ciudad con la Punta del Sebo a través de un suave recorrido junto a la ría y que pretende equilibrar (aunque es muy difícil conseguirlo) la presencia desde finales de los 60 del Polo Químico y su inagotable efecto contaminador. El segundo de ellos va a engrosar el patrimonio cultural de nuestra capital a partir de la herencia industrial obsoleta y desmantelada que precisa de una actuación para ser rehabilitada a través de la iniciativa de la Autoridad Portuaria de Huelva que cuenta ya con el visto bueno de la Comisión Provincial de Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía.
Destacar como no la llegada del balompié a nuestro país a las minas de Riotinto para la propia diversión de los trabajadores ingleses con la población autóctona. El descubrimiento de ese juego (a la postre deporte rey en nuestra nación) desembocó en la fundación en 1889 del Real Club Recreativo de Huelva, Decano del fútbol español muy a pesar de las estrategias carroñeras de algún que otro club que pretende recibir distintivo sin parangón cuando la propia historia desnuda sus negligentes artimañas.
El tenis, el golf, el billar y otros deportes de menor repercusión a escala nacional como el polo o el squash tienen evidencias datadas de su difusión a partir de su puesta en práctica en el barrio de casas adosadas de Bellavista en la población onubense de Minas de Riotinto.
Subrayar la riqueza arquitectónica que el aprovechamiento metalífero nos concedió con ejemplos como el pintoresco y genuino barrio Reina Victoria de la capital onubense o la Casa Colón, enclave que en sus inicios se construyó como hotel para posteriormente desempeñar la función de albergar las oficinas de la Rio Tinto Company y alojamiento del personal directivo de la misma, o incluso del edificio de la antigua Estación de tren de la vetusta Onuba.
Además, podemos disfrutar de la Erica andevalensis, o brezo minero, una especie arbustiva de carácter endémico de la Faja Pirítica ibérica en la provincia de Huelva que se caracteriza por vivir sobre suelos mineros muy ácidos y cargados de metales pesados. Un tesoro que nos otorga la naturaleza entre promontorios de escombros y escorias mineras y la acidez de los cauces de los dos principales cursos de agua de la provincia.
Pero como comprenderán no he venido hasta aquí para conversar del legado legítimo que la minería nos ha concedido, más bien de todo lo contrario; aprovecho estas líneas y semejante oportunidad para sacar a colación la inapropiada e inmerecida herencia que la industria extractiva ha otorgado a la población en general y a la sociedad andaluza y onubense en particular.
La minería es una actividad de extrema laboriosidad. Fascinante y hechizante, de alcance milenario. Existen estudios que datan sus inicios por nuestros contornos hace más de 5.000 años. Un trabajo hacendoso y dedicado, esforzado y siempre considerado penoso por las condiciones infrahumanas en las que ha tenido lugar y se ha desarrollado aunque el progreso significó un aumento de la prosperidad en términos de condiciones de trabajo, técnicas, maquinaria, aprovechamiento de leyes mineras y seguridad laboral.
Las entrañas de la tierra nos guardan grandes secretos en forma de filones y vetas de sus más preciados metales y minerales. Su acceso puede llegar a ser engorroso y extraordinariamente complejo pero la necesidad que tiene la sociedad por los minerales no ha dificultado ni un ápice el problema de su extracción. No hemos escatimado en tecnología que saquee todo el potencial que acumula la profundidad de la corteza terrestre pero ¿a qué precio?
Es evidente que la implementación de minería a gran escala como con la que estamos acostumbrado a convivir en Huelva genera el eterno debate de que la industria extractiva es demencialmente destructiva. O dicho de alguna forma más suave: la minería no compensa de manera lícita todo lo que consigue del interior del planeta. Y para eso estamos aquí, para reivindicar la imperiosa necesidad que la restauración y la regeneración ambientales reclaman ante cualquier evento o actuación de índole minera.
A todo el mundo se le viene a la cabeza una fecha. Grabada a fuego en todas aquellas conciencias sostenibles. Tatuada en la epidermis de aquellos que demandamos comportamientos ecológicos. El 25 de abril de 1998. Día en el que la balsa de la mina de Aznalcóllar (Sevilla) se rompió debido a la presión sometida por la ingente cantidad de lodos mineros y aguas ácidas que albergaba hasta dispersarlos por los ríos Agrio y Guadiamar y provocar de esta manera su entrada en el territorio del Parque Nacional de Doñana con la conmoción social que provocó dicha rotura debido al impacto ambiental que generó el vertido a nivel de acuíferos y pozos, así como las gravísimas consecuencias relacionadas con la flora en los suelos contaminados y la influencia decisiva para desplazamientos de fauna y destrucción de ecosistemas, hábitats y corredores ecológicos, entre otros muchos problemas de trasfondo medioambiental .
Sin lugar a dudas una catástrofe de gran repercusión mundial (comparable a la marea negra ocasionada por el hundimiento del petrolero Prestige frente a las costas gallegas el 13 de noviembre de 2002) pero que expone unos de los principales e injustos legados de la minería (fundamentalmente abandonada): la existencia de cortas, balsas y escombreras que tras el desmantelamiento de la actividad permanecen en un estado de mantenimiento pésimo e inexistente con las nefastas consecuencias que ello puede plantear en un futuro a corto y medio plazos para el medio ambiente y la sociedad en general.
En relación a lo anterior sufrimos un nuevo episodio de menor naturaleza catastrofista el 18 de mayo de 2017 que tuvo secuelas y efectos en Gibraleón puesto que la rotura de una balsa en la mina de La Zarza (Huelva) provocó graves daños ambientales, en particular en el río Odiel (que se hizo visible hasta en nuestro municipio tiñendo de rojo su cauce) donde acabaron 250.000 metros cúbicos de aguas ácidas que contenían toneladas ingentes de metales pesados que provocaron un desastre ecológico aguas abajo debido a su efecto y poder contaminantes.
Es demasiado fácil abandonar la actividad cuando la extracción ya no es rentable para los intereses de las compañías mineras (australianas, británicas, canadienses y estadounidenses en su amplia mayoría o sueca en el caso concreto de le empresa Boliden Apirsa en el desastre de Aznalcóllar). Además tampoco ayuda el hecho de la no existencia de ese vínculo que proporciona el arraigo al entorno y la necesidad imperiosa de cuidar de lo que te rodea y sientes parte de ti, como algo tuyo.
Es más sencillo recoger tus amplios beneficios económicos y renunciar a la explotación convirtiendo lo que era prosperidad en dejadez, negligencia y pasividad. El abrigo y el calor que proporcionan el dinero dan paso al frío desangelado que la indolencia suministra. Es desorbitadamente más simple dar el relevo al desempleo y la penuria en vez de potenciar el trabajo y el compromiso con la realidad social. Es extremadamente penoso comprobar como el único vestigio de la bonanza industrial queda relegado a una montaña de residuos mineros y a unas edificaciones fantasmas que bordean con el precipicio que supone la existencia de una corta relegada a la suerte del devenir del tiempo. Un abismo con un sugerente poder de atracción que tiende a engullirnos a medida que reciben continuados aportes de agua de lluvia sin la posibilidad de bombear o derivar ese exceso, con la peligrosidad de producir fracturas en las estructuras desatendidas durante decenios.
Las empresas mineras observan desde la lejanía que aporta la tranquilidad de sus sedes repartidas por los grandes emporios cosmopolitas del globo terrestre como el carácter cíclico de la minería metálica espera su momento. Ya llegará la demanda de los metales y minerales y con ello el esplendor económico de las zonas (actualmente devaluadas y despobladas) y el incremento de sus emolumentos en sus distantes retiros.
Las diferentes titularidades sobre los derechos mineros de futuras concesiones de explotación les otorgan unas responsabilidades de las que no hacen gala, amparadas en una superflua supervisión del mantenimiento de estas instalaciones mineras en desuso (como en el caso de las 85 balsas mineras y 68 escombreras abandonadas en la provincia de Huelva) que recae en la Administración autonómica y en una legislación minera que reclama una profunda reestructuración al comprobar que las fases de sellado y clausura con sus inherentes restauraciones ambientales no son cumplidas en un desmedido número de casos.
Empresas que abusan de la rica y prometedora geología onubense socavando sus entresijos, vaciando el caudal de mineral que atesora su peculiar interior y creando un horizonte en el que los impactos visual y paisajístico convierten a estos territorios en zonas degradadas carentes de vegetación y fauna características. La minería mal ejecutada transforma estas regiones en terrenos sin alma, sin vida. Esclaviza el entorno, el cual queda sostenido de un fino hilo invisible que lo sujeta débilmente a las futuribles catástrofes medioambientales que aguardan con sigilo su inesperada oportunidad de sacar a relucir su efecto dañino.
La precariedad de este inmerecido legado minero obliga a que desde todos los estamentos implicados se tomen las medidas de protección y sellado necesarias y que se implementen sistemas de control y vigilancia destinados a evitar que lo que nos sustrae la industria extractiva supere con creces a todo lo que nos ha proporcionado (y obsequiado) a lo largo del idilio que mantiene desde tiempos inmemoriales con esta tierra afanosa."
Juan Luis Martín García.
Estos son los aportes contaminantes del río Odiel. Contaminantes que pasan por "la puerta de nuestra casa" en Gibraleón, que cruzan el Paraje Natural Marismas del Odiel y que terminan en el mar y del mar a los peces y moluscos que comemos. Extraídos de un informe realizado por la Universidad de Huelva que podéis leer completo aquí.
"Los siguientes aportes en orden de importancia son los de Fe (Hierro), Zn (Zinc), Mn (Manganesio) y Cu (Cobre) con valores medios de 2200, 2000, 1250 y 1000 t/año. Como en el caso del río Tinto, ya de mucha menor entidad son los aportes de As (Arsénico), Cd (Cadmio), Co (Cobalto), Ni (Niquel) y Pb (Plomo). Sin embargo en el río Odiel los aportes medios de Ni (Niquel) (18 t/año) y sobretodo Co (Cobalto) (36 t/año) son netamente superiores a los de As (Arsénico) (20 t/año), Cd (Cadmio) (6 t/año) y Pb (10 t/año)." Las cantidades están expresadas en toneladas.
Estos son los aportes constantes, ¿qué pasaría si una de estas balsas volviera a romperse?
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