Hoy os traemos un nuevo artículo de Juan Luis Martín García. En esta ocasión una contundente reflexión sobre las balsas de fosfoyesos y la muy reciente DIA (Declaración de Impacto Ambiental) emitida por La Dirección General de Calidad y Evaluación Ambiental dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico sobre la clausura de dichas balsas.
Las balsas de fosfoyesos son un acumulo de residuos tóxicos, peligrosos y radiactivos realizados por la empresa Fertiberia en la Ría del Tinto. Estas balsas son de una extensión enorme, unas 1120 hectáreas. Esto equivale a 10 veces el tamaño del casco urbano de Gibraleón. Están situadas, como se puede ver en la fotografía siguiente, justo al lado de la ciudad de Huelva. La solución que va a dársele al asunto es su impermeabilización y cubrirlas con una capa de tierra vegetal de 0,4m de espesor y que la vegetación la colonice y así se realice una restauración paisajística. En definitiva, esconder la mierda bajo la alfombra.
Perímetro de las balsas de fosfoyesos en rojo. Perímetro de la ciudad de Huelva en azul. Perímetro de un estadio de fútbol en verde.
"La provincia de Huelva posee un encanto especial desde el punto de vista medioambiental. Espacios naturales protegidos de relevancia internacional como Doñana y Marismas del Odiel, una extensa costa de fina arena como consecuencia de un complejo proceso de sedimentación que contrasta con una calamitosa planificación urbanística (aunque aún podemos disfrutar de 32 kilómetros de playa virgen desde Matalascañas a la desembocadura del Guadalquivir) y una sierra plagada de atractivos en forma de pequeños pueblos con encanto, senderos naturales entre fauna y flora privilegiadas, tradiciones y costumbres ancestrales y gente encantadora.
Es un territorio en el que en los últimos años se ha invertido en infraestructuras aunque de un modo del todo insuficiente. No vengo a reclamar (que también) la alta velocidad que nos conecte y nos haga un poco más independientes turística y comercialmente hablando o un aeropuerto (que no sean como los de Ciudad Real o Castellón) del que también llevamos lustros escuchando cantos de sirenas en forma de promesas incumplidas (particularmente considero más vital que la alta velocidad una Sevilla con el Algarve, concretamente con Faro, pasando por Huelva enlazándonos con dos aeropuertos con vuelos internacionales). Vengo a hacer justicia. Y a poner de manifiesto y hacer eco del gran problema de índole ambiental que envenena a la ciudad de Huelva y por ende, a toda la provincia.
Pongámosle nombre a nuestro enemigo. Llamémosle balsa de fosfoyesos. Es ahora un buen momento para hablar de este hostil compañero por dos razones principales. La primera de ellas va de la mano de la coyuntura actual que azota al planeta con la pandemia por Covid-19, en particular a España y pon ende a Andalucía. Me refiero claro está al eterno dilema entre desarrollo económico y salud que surge con las medidas que se toman desde las diferentes instituciones para repeler el avance del coronavirus. ¿Son suficientes desde el punto de vista de proteger la salud de la ciudadanía española o son las que hay que tomar para que nuestra economía no sea la que peores perspectivas presente tras superar el periodo post-virus? Economía frente a inmunidad. Quizás haya que pensar en diversificar sectores económicos y no ser un país principalmente centrado en el sector servicios para que la salud pase a ser considerada la primera de las opciones para la clase política contemporánea e incluso para cualquier persona de a pie.
Nuestra balsa de fosfoyesos es un ejemplo clarificador de esta novedosa disyuntiva pero con la diferencia de que aquí en Huelva vivimos con este inconveniente desde hace 50 años. No es algo nuevo. Lo único cierto es que nos trae de cabeza desde hace medio siglo. Y seguimos pendiente de una óptima solución. Y precisamente en relación a esto último se expone el segundo nexo de unión con la publicación en el Boletín Oficial del Estado (05 de octubre de 2020) de la Declaración de Impacto Ambiental (en adelante DIA) favorable al proyecto de Fertiberia para solucionar el atentado medioambiental que supone la existencia de la balsa de fosfoyesos en las proximidades de la ciudad de Huelva, convirtiendo la periferia de la capital onubense (otrora rodeada de espacios naturales de valor ecológico incalculable de las marismas del Tinto) a un paisaje alienígena, verdaderamente surrealista, esperpéntico si acuñamos el vocablo asociado a la literatura de Valle Inclán que ocupa prácticamente la mitad (alrededor de 1120 hectáreas) de la superficie de la propia ciudad y que la ha limitado en aspectos demasiados esenciales el crecimiento, desarrollo y perspectiva, lastrándola de por vida a estar vinculada a la acumulación de este residuo.
Pongámonos en antecedentes. A finales de la década de los 60, el gobierno franquista instauró en zonas deprimidas y atrasadas (atribuyendo a Huelva dicho calificativo) un polo de desarrollo (o de promoción industrial) con el que provocar la reactivación económica (y el éxodo rural también) de la zona ante la necesidad urgente de aprovechamiento de la ingente y cercana producción minera de la Faja Pirítica onubense. A Huelva llegó industria química pesada y se fueron espacios de ocio, diversión y esparcimiento de la ciudadanía de la época (y de la futura, se ve que el concepto de Desarrollo Sostenible todavía quedaba lejos) como los de la Punta del Sebo y otros de un marcado acento ecológico como los de la ría de Huelva, la hermosa confluencia de los castigados por la minería milenaria Odiel y Tinto.
Entre esas empresas punteras se encontraba Fertiberia, empresa líder en el sector de los fertilizantes en la Unión Europea, que fue presidida por Juan Miguel Villar Mir, Ministro de Hacienda y Vicepresidente tercero de Asuntos Económicos durante el gobierno de Carlos Arias Navarro en la transición tras la dictadura; a la que se le otorgó una serie de concesiones administrativas de terrenos en el año 1968 donde se fue depositando el fosfoyeso (desecho del proceso industrial de la fabricación de fertilizantes agrícolas a partir de roca fosfórica) de diversas maneras que se han visto modificadas hasta la conformación de las actuales balsas de altura creciente y que ha contado con el permiso y beneplácito de la Junta de Andalucía desde siempre.
Huelva es un enclave con espíritu guerrero cuando se ve oprimida, pisoteada. O cuando ve peligrar su propia integridad. Bastaba con mirar al problema de frente para comprobar que aquella acumulación exponencial de toneladas de residuos (con vestigios radioactivos) no podría resultar ser muy beneficiosa para la salud de los residentes y la para la propia evolución de los ecosistemas colindantes y ha librado (y lo sigue haciendo) una eterna batalla contra los intereses de mantener esa escoria inmunda a la vuelta de la esquina.
Los procesos judiciales en estos temas y en nuestro país pueden llegar a ser desesperantes. Nauseabunda puede llegar a ser la eterna espera pero al que Dios le dio paciencia, le concedió un don al alcance de muy pocos. Con fecha 31 de diciembre de 2010 se pone fin al cese definitivo de vertidos (y con él al cierre de FMC Foret que cerró su planta de fosfatos en Huelva implantada en la provincia desde 1968 y que argumentó la no existencia de alternativas reales y viables de continuidad de la fábrica debido a la prohibición judicial del apilamiento de residuos a Fertiberia con la guardaba una estrecha relación industrial), teniendo en cuenta el conjunto de intereses en conflicto, de forma que se permita una transición ordenada y una protección medioambiental exigible como medidas a la Sentencia de la Audiencia Nacional de 27 de junio de 2007 como colofón a la lucha de plataformas ciudadanas, movimientos ecologistas e incluso de partidos políticos con representación en el Ayuntamiento de la capital onubense que se afanan por un mañana más esperanzador y sostenible.
El área afectada en la actualidad está divida en 5 zonas como puede comprobarse en la fotografía que se adjunta, y que son las que abarcan las dimensiones superficiales antes mencionadas, de las cuales el proyecto presentado pretende intervenir en las áreas 2, 3, 4 y 5, dado que se considera medioambientalmente restaurada la zona 1. Dichos terrenos se extienden por el Dominio Público Marítimo-Terrestre desde antes de la desembocadura del río Tinto en el Odiel.
Pasemos a describir cada una de las zonas en las que se divide la balsa de fosfoyesos, tanto en su extensión como en sus propias características en cuanto al apilamiento de desechos para verificar la envergadura de a lo que se enfrenta la ciudad de Huelva y para confrontar como distintas instituciones (gobernadas por distintos colores políticos a lo largo de todos estos años de sufrimiento e intensa fatiga en la ardua confrontación) han facilitado, permitido, aceptado, omitido y aprobado esta verdadera masacre. Demasiados intereses (fundamentalmente económicos) con la salud de la ciudadanía onubense y el deterioro del ecosistema como auténticos damnificados.
Fuente: B.O.E (5/10/20)
La obligación de restaurar el impacto medioambiental generado, así como el daño ecológico producido en un entorno de tanta riqueza natural hace que se tengan que plantear varias alternativas para encontrar la solución más óptima y viable. Podemos apreciar en el documento en el que se la formula la DIA todas las alternativas que se han barajado, así como sus posibles implicaciones y los motivos por los que se descartan dichas opciones o se decanta por la seleccionada.
En pocas palabras, lo que se pretende como plan de regeneración del terreno es enterrar los residuos. Aunque para mimetizar esta chapuza o pantomima se le denomina encapsulado de los fosfoyesos y vegetación de la zona (proyecto a 10 años) y a continuación una fase de seguimiento y control que abarcaría un periodo de 30 años. Lo que no contempla esta elección es, como diferentes estudios técnicos sí consideran, que esta caricatura de arreglo no atiende a la posibilidad de un almacenamiento inseguro ante la posibilidad de un seísmo o un tsunami (idea no muy descabellada, sólo tenemos que mirar el triste episodio sucedido días atrás en el Egeo) y debido a las propias condiciones y características del suelo asociado a la marisma sobre la que se asienta, a las posibles consecuencias procedentes de filtraciones y vertidos. Que nos Dios nos coja confesados aunque aún quedan obstáculos administrativos que superar en forma de otorgamiento de Autorización Ambiental Integrada por parte de la Consejería de Desarrollo Sostenible de la Junta de Andalucía y que la actuación sea compatible con el planeamiento urbanístico local y el Ayuntamiento de Huelva otorgue la pertinente licencia urbanística.
Además para que no suceda como en el caso de la catástrofe medioambiental de la balsa de Aznalcóllar y la catástrofe ecológica que provocó sobre el Guadiamar y el entorno de Doñana, donde la empresa sueca Boliden Apirsa hizo mutis por el foro, se insta a que se haga un aval de 65,9 millones de euros por parte de la empresa Fertiberia para que con carácter inmediato se garanticen los trabajos de regeneración medioambiental. Dados los precedentes, más vale prevenir que curar.
Por todo lo anteriormente expuesto y a quien tenga la competencia (y la vergüenza necesaria) que haga el favor de prestar atención a la ciudadanía onubense que se preocupa por su bienestar y su propia salud. Es muy lamentable tener que soportar titulares periodísticos como “La mayor montaña tóxica de Europa asfixia a Huelva”, “Los fosfoyesos de Huelva: el polvorín del que todo el mundo está avisado” o “Llevan la balsa de fosfoyesos de Huelva a la Cumbre del Clima de Madrid” sin que nadie haga nada provechoso al respecto y oculten bajo la alfombra (como el paupérrimo recurso de los inoperantes) una evidencia tan palpable.
Que alguien tenga la decencia de una vez por todas de relacionar los resultados epidemiológicos que se vienen produciendo en Huelva ligados a la incidencia en diversos tipos de cáncer con la presencia desde hace 5 décadas de la aberración ecológica que tiene que soportar la población onubense que reside a apenas 500 metros de la misma. Una obviedad causa-efecto que desde las instituciones sanitarias ponen en entredicho aunque no se pronuncian verificando el verdadero causante y promotor de las 1130 muertes de cáncer en Huelva durante el año 2019 amén del lastre que venimos sufriendo desde épocas inmemoriales.
Quizás algún día (esperemos que sea más pronto que tarde) exista la dignidad suficiente para reconocer que convivimos con un Chernobyl a pequeña escala y que diferentes informes realizados por científicos de renombre ligados a la docencia universitaria no sean rechazados por la actividad industrial del Polo Químico, verdadero eje económico de la provincia del que dependen 6000 empleos entre las empresas que conformar este gigante industrial colindante con la ría de Huelva.
Ojalá conozcamos (en esta o en otra vida) a quien atienda la súplica de una ciudadanía cansada de luchar contra molinos de viento convertidos en gigantes. Gigantes con una sordera morrocotuda, con una falta de empatía con una colectividad a la que maltrata con las más crueles de las respuestas: la indiferencia y el pasotismo por bandera. O llegado el caso, con cerrar la puerta a la presencia de una comunidad alarmada por una situación que roza el límite de lo insostenible y que pide veracidad.
Llegados a este punto, me pregunto (de manera retórica claro está) que pasaría si en lugar de ser Huelva fuera otra ciudad o provincia con una mayor incidencia en el panorama nacional. Siguen menospreciándonos y no sé el por qué aunque puedo confeccionar una ligera idea en mi maquiavélico (el mundo no me deja pensar de otra forma) pensamiento. Huelva es descubridora. Pionera. Decana. Cautivadora. Atrayente. Talentosa. Descomunal. Servicial. Empática. Acogedora. Privilegiados los que tenemos (o tuvieron) la inmensa fortuna de nacer o vivir en ella. Sólo tienen que escucharnos una mísera vez y preguntarnos qué nos sucede y qué nos preocupa. Una única vez. Una merecida oportunidad se le concede a cualquiera y se puede alcanzar una solución entre todos los agentes afectados. ¿Por qué no a Huelva? Realmente la merecemos al igual que exigimos información fidedigna y veraz al respecto. No creo que sea tan difícil otorgar un poco de confianza a una sociedad desgastada pero valiente, libre y sin ánimo de desfallecer en el intento."
JUAN LUIS MARTÍN GARCÍA
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Esperamos que este artículo sirva para remover conciencias. Quizás con los fosfoyesos hayamos llegado muy tarde, la mierda se ha acumulado tanto que ya no podemos sacarla de casa, pero hay otros problemas ambientales que aún estamos a tiempo de eliminar o impedir que ocurran. No dejemos que nos vuelva a pasar.




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