domingo, 16 de mayo de 2021

¿El lobo feroz?

Nuestra sociedad ha tratado al lobo (Canis lupus) desde la perspectiva de considerarlo una auténtica alimaña (animal que ataca o hace daño a la caza menor o al ganado) desde tiempo inmemorial. Lo consideramos un antiguo enemigo, un acérrimo adversario y lo utilizamos en nuestras tradiciones como sinónimo de un peligro inminente, que nos acecha. Para muestra el hecho de que en la literatura infantil clásica, el lobo  sea el archiconocido ser perverso y malvado que aparece en cuentos tan famosos como “Caperucita roja”, “Los tres cerditos”Pedro y el lobo” o “Los siete cabritillos”.

Su presencia infunde un temor inspirado en la tradición oral que lo relaciona con amenaza, maldad, traición y desconfianza y los antiguos pastores se encargaron de difundir historias y leyendas alrededor de la figura de este pariente de otros mamíferos integrados en una particular lista negra de animales a los que se no se les tiene mucho aprecio como el chacal (Canis aureus) o el coyote (Canis latrans). Ni que decir de la presencia legendaria de una criatura mitad lobo y mitad humano que recorre diferentes culturas por todo el planeta y que provoca el pánico entre la ciudadanía en las noches de luna llena y cuya superstición ha colmado Hollywood de guiones de películas (en las que se incluye incluyo sagas taquilleras como Underworld) en las que se hacía eco de las fechorías de los licántropos.

Un ser tachado de despreciable. Un depredador (como otros muchos que pueden copar la cadena trófica) al que aniquilar. Una especie que sobra de nuestra biocenosis. Un animal con un instinto voraz. Un contrincante para el ser humano. ¿Pero alguien ha intentado empatizar desde la mirada triste del lobo? ¿Alguien se ha puesto una mísera vez en su lugar? ¿Es tan feroz como lo pintan?

El gran naturalista y divulgador ambiental español Félix Rodríguez de la Fuente, reconocido amante de la especie, afirmaba que los lobos aullaban por tres razones. La primera relacionada con el hecho de comunicarse entre ellos; la segunda, para marcar sus territorios y la tercera y última, para expresar la profundísima tristeza del corazón de una especie que dominó en medio mundo y que está al borde de su extinción.

Estamos hablando, sin duda alguna, de una de las especies más fascinantes y espectaculares de nuestra fauna. Pero a la vez se trata de una, quizás la que más, de las más controvertidas, lo que genera el eterno debate entre los que o te alías con el lobo o eres uno de sus máximos tenaces detractores.

Evidentemente, vamos a intentar explicar la situación actual de la especie en nuestro país. Para ello hay que entender de dónde viene la misma, por qué se ha llegado a este escenario y la importancia de su futura inclusión en el Listado de Especies Silvestre en Régimen de Protección Especial, y una vez digerida toda la información que la decisión de inclinarse en la balanza de los opositores o los defensores del lobo recaiga en su propia conciencia.

La población ibérica (ya que la frontera con Portugal y las políticas conservacionistas del país vecino facilitan su expansión) del lobo, por sus propias características morfológicas y particulares fenotípicas, es descrita como una propia subespecie (Canis lupus signatus) aunque existen controversias y opiniones que discrepan de este estatus taxonómico concreto.

Se trata de un animal que se encontraba prácticamente en la totalidad de la Península Ibérica pero que con el avance de los años se ha ido reduciendo drásticamente debido al furtivismo, los venenos, el trampeo y su caza indiscriminada. Su localización específica se limita y concentra al noroeste del río Duero. De esta forma, la situación actual del lobo en España arroja y contabiliza 297 manadas repartidas casi en su integridad en la mencionada cornisa noroccidental de la Península Ibérica. En cifras de población, se estima que pueden existir en nuestro país unos 2400-2500 ejemplares de lobo ibérico.

A pesar de los innumerables mitos, leyendas y falsas creencias sobre el lobo; la subespecie ibérica es muy tímida y esquiva con los humanos. Aspecto que me confirmó mi abuelo Juan  hace muchos años cuando me contaba sus encuentros nocturnos (recordar que sus hábitos son mayoritariamente realizados bajo la luz de la luna) con los lobos mientras trabajaba en el arreglo de alguna vía de tren que había sufrido el desmoronamiento de una trinchera de terreno anexa e imposibilitaba el tránsito del ferrocarril en la línea de Huelva a Zafra.

Es sencillamente un animal que lucha por su subsistencia, un depredador con una importante capacidad de adaptación al medio que posee una compleja organización social digna de estudio y al que persigue un terrible estigma que lo convierte en un fiero competidor amenazante. Pero es algo más que eso y no lo afirmo desde un punto de vista sentimental como amante de la biodiversidad sino que me apoyo en un profundo conocimiento científico que respalda el hecho de que el lobo cumple con una serie de funciones cruciales en los ecosistemas en los que habita, desarrollando un papel ecológico insustituible: son los llamados servicios ecosistémicos.

Ante un panorama mundial donde el declive de la diversidad natural de las especies parece que empieza a convertirse en una de las preocupaciones de la sociedad (y en ello han tenido especial repercusión la existencia de especies bandera como el oso polar, el lince ibérico, el tití león dorado o el oso panda), la existencia del lobo en nuestros ecosistemas representa un importante legado natural e histórico (el aullido del lobo ha sido durante siglos el himno de nuestras montañas, un sonido capaz de encandilar y estremecer a partes iguales) que debe ser preservado. Entre sus servicios y beneficios ecosistémicos podemos enumerar:

-          Los lobos, junto con otros carroñeros como los buitres, son sanitarios de la naturaleza porque juegan un papel muy importante en el control de las enfermedades, ya que la presencia de la especie está ligada a la reducción de la transmisión de enfermedades entre ungulados (corzos, ciervos, jabalíes…) salvajes y el ganado doméstico, a la vez que eliminan desechos orgánicos del campo

-          Controlan el número de ungulados  silvestres que causan daños en la agricultura, obligándolos a desplazarse, evitando el sobrepastoreo (el cual se produce cuando las plantas y los cultivos están expuestos al pastoreo intensivo durante largos períodos o sin períodos suficientes de recuperación) y facilitando así la regeneración del pasto para el ganado. De esta forma, se aumenta la productividad de la ganadería

-          Al no tolerar la presencia de otros competidores en su territorio (esencialmente otros cánidos), mantienen a raya a perros asilvestrados, zorros y otros carnívoros que ocasionan daños a la ganadería

-          Facilita el almacenamiento de carbono al limitar el número de herbívoros, permitiendo así a las plantas crecer con lo que se fomenta la recuperación forestal

Además y fuera de la función ligada al hábitat, la presencia del lobo puede reducir la abundancia de especies que son responsables de colisiones entre vehículos y fauna; así como ser un imán para el turismo rural, puesto que el turismo alrededor de carnívoros como el lobo está en auge aportando riqueza y creando oportunidades de empleo en el mundo rural. Es el caso de la Sierra de la Culebra (Zamora) o la Reserva de Riaño (León) que se han convertido en los últimos tiempos en un referente nacional e internacional de turismo de observación del lobo, representando una oportunidad para las economías locales como se puso de manifiesto en el artículo El consumismo ecológico II.

Pero esa imagen totémica del lobo junto con la domesticación de ciertos animales provocó que la especie comenzara a encarnar lo maligno, la astucia y la trampa como resultado de la competencia por el ganado y la rivalidad entre cazadores por otros grandes mamíferos; manteniéndose esa visión dual entre temor y veneración (al igual que su mencionado aullido en el silencio) hasta nuestros días.

Aquí surge la sempiterna polémica que arrastra la presencia del lobo junto a la ganadería local puesto que a pesar de que depreda fundamentalmente sobre ungulados (como ya se ha expuesto con anterioridad), cuando la población de éstos escasea o existe en su territorio cabezas de ganado doméstico con escasa protección que pueden resultar fáciles presas se producen ataques directos a la ganadería de la zona.

Ello unido a las condiciones desfavorables en las que se desarrollan la actividad ganadera de carácter extensivo (se trata de un sector en el que las ayudas de las diferentes administraciones no abundan, el avance tecnológico no se encuentra muy integrado, los precios para los ganaderos no resultan ser excesivamente competitivos y las mejoras en las instalaciones dejan mucho que desear al tratarse de explotaciones a la usanza tradicional) lo convierten en un negocio poco rentable en el que se achacan las mayores pérdidas, casualmente, a los ataques de lobos, a pesar de que la climatología adversa del entorno, lo obsoleta que resulta la PAC para este tipo de explotaciones, la tardanza en el pago de las indemnizaciones y las propias enfermedades son las principales causas de disminución en el número de las reses de ganado.

Es precisamente en el 65% de esos territorios en los que el lobo comparte hábitat con la ganadería extensiva donde es considerado especie cinegética (o de caza, categoría que ha ostentado desde el 4 de abril de 1970 con la Ley 1/1970 junto al lince o al oso pardo). Pero el paso crucial dado desde el gobierno central para la conservación del lobo ibérico instaurando la prohibición en todo el territorio de su caza e incluyéndolo en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial en la categoría de Vulnerable ha vuelto a abrir viejas heridas aún pendientes de cicatrización y rencillas oxidadas cuyo epicentro se encuentra, precisamente, en el lobo ibérico.

Las comunidades autónomas (Galicia, Castilla León, Asturias y Cantabria) donde se concentra la población del lobo se han mostrado reticentes a dicha política conservacionista del ejecutivo central y han abogado por una normativa continuista parapetada en el control letal del lobo (matar ejemplares de manera indiscriminada) y con una postura defendida por agrupaciones ganaderas, colectivos agrarios y cazadores sin tener en consideración, como era de esperar, la opinión de asociaciones ecologistas o entes promotores de la conservación de la especie. Comunidades que no son capaces de comprender que dicha política deja mucho que desear pues los daños ocasionados a los ganaderos no se han reducido a pesar de su vigencia desde hace más de 50 años de una ley que permite su persecución letal pero sí que han provocado drásticas disminuciones hasta alcanzar las cifras de población actual.

Una postura contraria a la conservación del lobo que únicamente perpetúa el conflicto existente y que apoyaron otras autonomías como Andalucía, Madrid, Murcia y Euskadi que no contemplan la nueva estrategia basada en una gestión más eficaz que minimice los posibles daños, que reduzca los plazos de la exasperante burocracia en la tramitación de ayudas o recuperación de  compensaciones o desagravios y que a su vez sea sostenible con la propia subsistencia de la especie.

Aunque con esta medida aumente probablemente las poblaciones del lobo ibérico, no implica que la especie pueda campear a sus anchas por los hábitats a los que ha quedado relegado dentro de la geografía ibérica sino que desde el ministerio competente se advierte de que la clave para mantener al lobo dentro de unos límites aceptables para evitar sobrepoblaciones de la misma es, precisamente, el control de ellas. De esta forma, serían aplicadas medidas en zonas específicas en las que deberán evaluarse y certificarse el perjuicio causado, y  siempre que no exista una alternativa menos dolosa.

           Encontrar el equilibrio es vital para regular los muy diversos nichos ecológicos en los que el lobo ibérico es capaz de arraigar con su facilidad para la adaptación y acomodo dada la importancia de la especie como patrimonio cultural, científico y ambiental. Todavía nos quedan muchas noches de luna llena donde en la quietud de la nocturna domine el aullido del lobo ibérico y su penetrante mirada; quizás con el objetivo de decirnos que a pesar de todo el empeño mostrado por sus detractores, sigue estando aquí.

JUAN LUIS MARTÍN GARCÍA

Otros artículos del blog que podrían interesarte:

Rey sin corona.

Cuestión de piel.

Invasión y victoria.



No hay comentarios:

Publicar un comentario