"Hablar de Doñana es hacerlo de un enclave medioambiental privilegiado que tenemos la inmensa fortuna de poder albergar y disfrutar en nuestra provincia y en las limítrofes de Cádiz y Sevilla. Doñana es, sin ningún tipo de dudas, un espacio natural protegido diferente. Único. Exclusivo. Los que los hemos podido disfrutar desde dentro (por desgracia no todo lo que uno hubiera querido) podemos afirmarlo con total rotundidad. En estas líneas no voy a poner de manifiesto todas las figuras de protección nacionales e internacionales que se le han otorgado, basta con utilizar Internet para darnos cuenta de la importancia que posee desde un punto de vista mundial.
Lo que sí pretendo es realzar y poner en valor su inmensa riqueza natural y la propia importancia que desprende a pesar de todas las vicisitudes que sufre y padece cuestionando su supervivencia diaria. Trataremos de ahondar en dicha cuestión para intentar dar a conocer las principales contrariedades que facilitan el declive que ahoga su existir y porvenir.
Los distintos ecosistemas que lo componen le hacen albergar una biodiversidad excepcional tanto a nivel de flora como de fauna. Una auténtica joya entre primeras líneas de costa urbanizadas y un polo químico de desarrollo que atenta contra la salud de la capital de la provincia, su zona periurbana y una ría en estado de coma. Podría decirse que Doñana es un soplo de aire fresco ante tanta contaminación y un desbarajuste urbanístico incontestable. Pero, como es evidente, también presenta una serie de problemas que hieren su delicado estado.
Un reciente estudio de WWF alerta de la existencia de alrededor de 40 problemas de índole medioambiental que amenazan al entorno de Doñana. Dicha organización los divide y engloba en una serie de temáticas: cambio climático, tierra, fuego, aire, fauna, flora, dragado, minería, gas, otras actividades y agua.
De todos ellos centrémonos en el último, quizás el más importante porque no se podría entender Doñana sin la presencia del elemento líquido. Podemos afirmar sin tapujos que Doñana es agua. Y precisamente el agua escasea por diversos motivos. Además, ese factor agua presenta multitud de conexiones e interrelaciones con la mayoría de las temáticas mencionadas con anterioridad.
El primero de ellos, obviamente, debemos achacarlo a la palpable escasez de precipitaciones. Hay todavía quien duda de que el cambio climático (primera conexión) sea una inventiva de un grupo reducido de proteccionistas. Sólo hay que ver los registros pluviométricos de los últimos 50 años para comprobar la envergadura del problema y del descenso radical patente. Cada vez llueve menos y lo poco que lo hace es de una intensidad y magnitud que lo único que consigue es ocasionar otra serie de inconvenientes a la sociedad en forma de catástrofes medioambientales (recordar el episodio acaecido en Estepa este mismo verano y el destrozo que provocó en la localidad sevillana).
Cuando Doñana no era reconocido como un territorio de riqueza medioambiental, era considerado como un lugar inhóspito e insalubre debido a la cantidad de agua allí existente que afloraba en el ecosistema marismeño del entorno y que ayudado de la vegetación existente facilitaban la proliferación de plagas de insectos (en especial mosquitos). En la época de lluvias todo ello provocaba que los atrevidos lugareños de la zona (verdaderos autodidactas de la conservación) solamente tuvieran la posibilidad de desplazarse en barca. Ahora, en cambio, Doñana se ahoga en la propia sequedad del ambiente.
Pero no sólo podemos culpar a la madre Naturaleza y a los caprichos de sus designios para denunciar la preocupante situación que vive el Parque. La actividad humana, o lo que es lo mismo, la mano del hombre (para nada inocente) ahondan en la sangrante herida con una virulencia casi mortal. Empecemos a enumerar:
El incendio forestal que asoló Doñana en junio del 2017 se saldó con 8486 hectáreas quemadas de masa forestal y matorral (segunda relación) que provocó la merma de cobijo para especies animales (tercer vínculo) con el detrimento coyuntural que ello implica.
Otra de las consecuencias de un incendio tan devastador como el que sufrió Doñana es una acentuada pérdida de estabilidad estructural del suelo (cuarto nexo) puesto que la presencia de vegetación facilita la cohesión de la tierra y proporciona la capacidad para retener el agua de lluvia evitando de esta forma que se pierda en forma de escorrentía. Agua que no se puede aprovechar y que profundiza en la necesidad palpable de humedad en el ambiente.
El entorno del Parque es una pujante zona agrícola. Por la cara onubense de Doñana prevalece el cultivo intensivo de frutos rojos mientras que la faceta agraria sevillana tiene como cultivo estrella el arroz. No es descabellado descubrir que año tras año el número de hectáreas puestas en cultivo vaya incrementado aunque sea de manera liviana, repercutiendo en el hecho de que el suelo forestal se transforme en suelo agrícola (quinta coincidencia) con lo que el consumo de agua se eleve en consonancia.
Y es precisamente la procedencia de ese agua el principal caballo de batalla que tiene Doñana. Hablando de manera diáfana, en el entorno ambiental más importante de Huelva se produce un manifiesto robo de agua y la sobreexplotación del acuífero (sexta afinidad y cuya situación es totalmente insostenible desde mediados de los 90 sin que a día de hoy se hayan cumplido los plazos para su recuperación y regeneración a través de la puesta en marcha de distintas políticas y medidas ineficaces conservacionistas) que sustenta toda la vida del Parque, poniendo en peligro el sostén del mismo. Las grandes extracciones para el regadío que están por encima de los recursos disponibles provocan importantes desequilibrios. Son cientos los pozos ilegales que asolan el entorno de Doñana y vacían el agua subterránea que calma la sed del mismo, con lo que es prácticamente imposible evitar el deterioro de los hábitats protegidos en los humedales del Parque y con ello su supervivencia.
Sería una verdadera pena no poder disfrutar nunca más de la avifauna invernante que reclama el agua de Doñana como sustento de vida y que hacen que el Parque tenga su máximo esplendor y sea un reclamo turístico sin parangón por la diversa y variada oferta de reclamo medioambiental que ofrece un espacio natural protegido inigualable.
En nuestras manos (como casi siempre) está el poder seguir contando con un innegable tesoro natural del que debemos sentirnos especialmente orgullosos.
Pero la
realidad es otra. Doñana se seca. Se evapora. Se extingue sin agua. Se
desangra. Se marchita. Languidece. Se le resecan los labios muriéndose de sed."
Juan Luis Martín García
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