Hoy os traemos un artículo de otro gran amigo, un compañero de aventuras naturales. Con él hemos buscado nutria en la provincia de Huelva, hemos aguardado al lobo en la montaña leonesa y compartimos nuestro primer avistamiento de oso pardo en Somiedo, Asturias.
Eduard observando aves en el paso migratorio del Estrecho de Gibraltar.
Eduard Cuadrado de Juan nació en Palma de Mallorca. Licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Huelva. Ha participado, diseñado y ejecutado varios proyectos y
programas de estudio y conservación
de la biodiversidad, trabajando con grupos variados como aves, peces, anfibios,
reptiles, mamíferos,
coleópteros, odonatos, etc. Ha trabajado durante más
de diez años como educador ambiental. Su labor principal se ha desarrollado en
espacios naturales protegidos de Andalucía
(principalmente en Doñana y Marisma del Odiel) y en equipamientos educativos y espacios
naturales protegidos de la isla de Mallorca. Actualmente trabaja como profesor de secundaria del ámbito científico en un pequeño colegio de Mallorca y sigue
vinculado a varios proyectos e iniciativas en el ámbito ambiental balear.
Eduard durante nuestra estancia en Somiedo (Asturias)
"“La
educación es clave para hacer avanzar a una sociedad” es una de las frases que
más leemos y escuchamos en estos tiempos en los que, afortunadamente, empieza
de nuevo a valorarse como herramienta que ayuda al individuo y a la sociedad en
la que vive a adaptarse a su entorno y mejorar su vida.
En realidad este punto de vista no
es nada nuevo. El ser humano siempre ha sido educado para adquirir diferentes
habilidades en función de aquellas necesidades que le surgen como individuo y,
sobretodo, como grupo social. Por ejemplo, en una sociedad rural las
necesidades son cultivar la tierra para obtener alimento de ella, mientras que
si esa misma sociedad cambia hacia un modelo turístico, las necesidades serán
aprender idiomas. La sociedad se ha adaptado adquiriendo nuevas habilidades.
Es en este aspecto donde, desde los
inicios de la humanidad, la biodiversidad ha sido utilizada como recurso
educativo. Analizar y conocer nuestro entorno es una tarea indispensable para
poder adaptarnos a él y así tener más éxito. Saber que plantas curaban, cuáles
nos alimentaban, cuáles eran mejores para avivar el fuego o para construir una
casa, aquellas en las que se esconden nuestras presas y nuestros depredadores,
etc. Del mismo modo, se nos educó para adquirir conocimientos sobre los
animales y el resto de seres vivos de los que llevamos millones de años
obteniendo recursos: hongos, líquenes, bacterias, algas… También ha sido
imprescindible conocer las dinámicas de los ecosistemas que habitamos y de los
que obtenemos recursos: qué vientos nos traen la lluvia, qué mareas son más
favorables para pescar, qué tipos de roca son adecuados para construir
herramientas, en qué tipo de suelo puedo encontrar agua dulce… Por lo tanto, es
indiscutible que la biodiversidad está profundamente metida en nuestra
educación y en gran parte del conocimiento generado por el ser humano. ¿Qué
está sucediendo entonces? ¿A qué se debe esta brutal pérdida de biodiversidad
que está sufriendo el planeta? ¿No sirven de nada las campañas en las que vemos
a los pobres osos polares y tortugas marinas sufrir por culpa de la actividad
del ser humano? La respuesta a la última pregunta, como ya sabéis, es NO.

¿En qué piensas cuando escuchas la
palabra biodiversidad? A los de mi generación nos vienen imágenes de linces,
águilas imperiales, jaguares… y ello se debe a que se han utilizado algunas
especies “bandera” para despertar nuestra consciencia ecológica. Del mismo
modo, los medios han citado la selva amazónica como el gran pulmón del planeta
o la fusión de los polos como la gran amenaza futura. Así, el concepto de
biodiversidad se ha reducido y limitado a una serie de panfletos publicitarios
que pretenden despertar nuestro sentimiento de culpabilidad y hacer que dejemos
de comprar determinadas chocolatinas para así salvar al orangután de su
extinción, creando de este modo el falso efecto de: si consumes determinada
marca sin aceite de palma, estás ayudando a la conservación de los bosques
tropicales donde vive el orangután. Esta y otras muchas “ecofalacias” son las
que están educando a las nuevas generaciones y, nos guste o no, manipulando
incluso a los expertos en asuntos ambientales. Hemos perdido la visión
holística y multidisciplinar que nos permitió en el pasado relacionar nuestros
actos cotidianos con los ecosistemas que nos acogen.
Por todo ello, queda claro que uno
de los grandes retos de los educadores del siglo 21 es despertar de nuevo la
consciencia en el ser humano para mostrar la intensa relación existente entre
nuestros procesos vitales y la biodiversidad del planeta. Es más, la educación
debe servir para reconocer que nuestros procesos vitales son parte de la biodiversidad.
Si un grupo de hormigas haciendo un hormiguero se considera un proceso propio
de la biodiversidad digno de salir en un documental de la BBC, ¿por qué no
considerar también a un grupo de Homo sapiens construyendo chalets adosados en
primera línea de costa?
Para trabajar este objetivo como
educadores, podemos empezar con una actividad muy simple: analizar el origen y
la procedencia de nuestra merienda. Con esta sencilla actividad, podemos
diseñar desde un taller de un par de horas hasta un proyecto curricular de un
trimestre de duración. Además, esta actividad es apta para todos los públicos.
Aprovecho para recalcar que no debemos caer en el grave error de pensar que la
educación ambiental va dirigida solo a los niños.

Imaginemos que Paula (una de las
participantes en nuestra actividad) ha traído para merendar un bocadillo de
jamón serrano. ¿Qué procesos han sido necesarios para lograr que Paula pueda
merendar hoy un bocadillo de jamón? Si Paula analiza el origen y procedencia de
los ingredientes de su bocadillo verá como el pan, el aceite, el tomate, la
sal, el jamón y hasta el papel que envuelve el bocadillo, proceden de seres
vivos o del trabajo realizado por seres vivos (la sal, por ejemplo, es una
sustancia inorgánica extraída de unas salinas que han sido creadas y explotadas
por el ser humano). Si vamos más allá (que ahí está la gracia), veremos donde
se ha sintetizado/obtenido cada ingrediente. Analizando e investigando,
podremos averiguar por ejemplo donde se cultivó el tomate usado en nuestro
bocadillo, que método se usó para su cultivo (invernadero, huerto familiar,
huerto ecológico…) y quienes han intervenido en los procesos necesarios desde
el nacimiento de la planta hasta el momento en que el tomate llega a nuestra
casa (aquí aparecen los agricultores, recolectores, transportistas,
intermediarios, tenderos…) sin olvidar, por supuesto, a la persona que hace el
bocadillo. Esta actividad tan simple la podemos adaptar al colectivo de
personas que queramos. Por ejemplo, con unos estudiantes de economía avanzada
podríamos analizar el coste/beneficio de ese tomate a lo largo de la cadena de
distribución, las empresas implicadas en el proceso o los costes derivados del
transporte y almacenamiento de este producto.
La clave y la gracia de esta actividad,
que debería ser obligatoria en todas las facultades de educación, es despertar
la capacidad de analizar los diferentes procesos que hacen posible nuestra vida
y descubrir la interrelación existente entre ellos. En definitiva, el objetivo
final es demostrar que los seres humanos somos seres ECODEPENDIENTES e
INTERDEPENDIENTES (*1).
Los humanos somos seres ecodependientes
porque obtenemos de la naturaleza todo lo que necesitamos para cubrir nuestras
necesidades. Esta nos aporta recursos renovables procedentes de la biosfera y
recursos no renovables procedentes de la corteza terrestre (rocas, minerales,
compuestos químicos, agua…).
Y, a su vez, somos seres interdependientes
porque nuestra vida depende de las acciones que otros seres vivos desarrollan de
manera simultánea en diferentes territorios. Pensad por ejemplo que el aire que
respiramos contiene oxigeno fabricado por un organismo fotosintético (quizás de
un país lejano). Pensad también que se puede leer este artículo gracias a la
existencia de este blog, creado gracias a mi buen amigo Juan José y a unas
personas desconocidas (seguramente de fuera de Europa) que mantienen un
servidor que nos permite alojar este espacio virtual. Y uno más: el ventilador
que refresca la habitación donde me encuentro ha sido fabricado en China, sus
componentes proceden de vete tú a saber dónde y la electricidad que lo hace
funcionar ha sido generada en una central térmica al norte de Mallorca,
alimentada con carbón sudafricano. ¡Toma ya! Y eso que en todas estas situaciones
he simplificado mucho el análisis de procesos…
Como ves, la actividad anterior que
hemos hecho con nuestra amiga Paula puede adaptarse y modificarse al contexto
que uno desee, por ejemplo jugando a analizar la ropa que vestimos, las
herramientas que empleamos en casa, el mobiliario urbano de nuestro barrio, los
productos de cosmética que usamos, etc. Los múltiples análisis realizados a lo
largo de esta actividad nos presentan a la biodiversidad con la riqueza y la
grandeza que se merece. La biodiversidad es mucho más que una foto de un delfín
atrapado en una red de pesca. La biodiversidad comprende millones y millones de
procesos interrelacionados que enlazan las sardinas que compraste en el
supermercado esta mañana con la captura accidental de ese mismo delfín en una
red de arrastre.
La necesidad que engloba, por primera
vez, a todos los seres humanos de nuestro planeta es precisamente esta:
analizar y comprender todos los procesos que hacen posible nuestra vida, para
así valorarlos y gestionarlos de manera adecuada. Solo educando mediante
procesos, conseguiremos que el ser humano entienda las consecuencias de su modo
de vida, de las decisiones que toma, de los productos y servicios que consume…
Aquí es donde coge más fuerza que nunca la frase “piensa globalmente, actúa
localmente”. Debemos “pensar globalmente” para entender que formamos parte de
un sistema global formado por multitud de interrelaciones complejas que nos
mantiene unidos a nivel ecológico, económico, social, virtual e incluso
emocional. Y debemos “actuar localmente” porque, por fin, entendemos que cada
una de nuestras decisiones va a afectar a este complejo sistema global y a los
componentes que lo forman. Y todo gracias a la merienda de Paula."

(*1) estos dos fantásticos conceptos los he sacado del manual “Propuestas didácticas para participar poniendo la vida en el centro” elaborado por Ana Jiménez Talavera, Óscar Acedo Núñez, Antonio Moreno Mejías, Mari Muriel y Ricardo Barquín Molero, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Este documento se puede descargar gratuitamente en el siguiente enlace: https://lavidaenelcentro.ecotonored.es/recursos/guia-propuestas-didacticas-para-participar-poniendo-la-vida-en-el-centro-intercambio-de-experiencias-desde-la-epd/
Eduard Cuadrado de
Juan. Palma de Mallorca.